Ella era
una costumbre, como lo es casi todo en mi vida. Tengo varias manías y
costumbres, entre ellas la manía de hacer de algo una costumbre; tener
costumbres es una costumbre. Costumbre. Wikipedia dice que significa «[…] hábito
o tendencia adquirido por la práctica frecuente de un acto.» Ella era una
costumbre.
Así como tengo la costumbre de escuchar los mismos 5 álbumes y las
mismas 32 canciones de siempre, a pesar de que tengo lleno el celular de
diversas melodías. También tengo la costumbre de mirar al cielo como buscando
algo extraordinario; siempre lo encuentro, las nubes y sus formas curiosas
siempre me van a entretener.
Y podría nombrar mil costumbres parecidas, la
mayoría dignas de alguien aburrido y poco extrovertido, como aquella otra de
beber al menos una taza de café en la mañana y otra en la noche, o la de ver
Los Simpsons antes de dormir.
Ella, debo
mencionar, durante su estadía en mi vida me contagió de otras costumbres, como
la de recostarnos en el sofá en donde apenas si cabíamos, beber más jugo de
frutas y menos vodka, fumar menos tabaco y más verde, caminar los sábados por
la tarde y desayunar en la cama los domingos a la mañana.
Me enseñó
el verdadero significado del Principito cuando me lo leyó en una noche donde mi
insomnio era brutal; ella empezó a llorar en el capítulo 6 y yo tuve que leérselo
hasta el final. “No te preocupes”, le dije, “el Principito no está muerto
realmente”. Me sentí un tonto, pero de verdad lo quería creer también cuando
ella sonrió y me dijo: “Verdad que no”. Ella era una niña entonces, era mi
niña, y también a eso me acostumbró.
A la semana
siguiente compré en línea un par de tazas con la figurita del Principito en una
y la del zorrito en la otra. Su cumpleaños sería en días próximos a cuando hice
el encargo y quería que esas fueran una parte de su regalo. Total que el
mentado encargo no llegaba, había problemas con el proveedor y la paquetería y
no sé qué más. «Eso me pasa por romper mis costumbres. Comprar en línea no es
seguro y no acostumbro a ello, y es por algo», pensaba cuando el tipo de las
tazas me pedía disculpas en un correo electrónico jurándome que mi pedido había
sido procesado y que por lo tanto no podían devolver el dinero pero que
estarían llegándome pronto. Sí, pronto, como 3 meses después.
Costumbres,
de esas yo le contagié también algunas. La acostumbré a mirar al cielo, la
acostumbré a ver los detalles, la acostumbré a confiar más en la gente, la
acostumbré a saber que para mí ella era la persona más hermosa del mundo, la
acostumbré a mirarse más el alma y menos en el espejo, la acostumbré a
sustituir los ‘te quiero’ por los ‘te amo’, la acostumbré a ver Breaking Bad y
caricaturas como si tuviéramos 10 años de nuevo. La acostumbré a abrazarme
porque siempre estoy que me muero de frío, la acostumbré a darme la mano aunque
le diera pena porque creía que sus manos se empapaban de sudor, la acostumbré a
beber café a cualquier hora del día, la acostumbré al olor de mi loción y al de
mi cama, al olor de mi shampoo y al de los chicles que masticaba para que no se
diera cuenta de que había fumado; siempre se daba cuenta, primero por el olor
en mis dedos y después porque mi costumbre de mascar chicle de mango después de
un cigarro me delataba en automático.
Recuerdo
una vez que regresé a casa después de un fin de semana fuera de la ciudad, la
encontré acurrucada en la cama abrazando una almohada en donde se supone debía
estar yo, y con sus manos apretujaba mi camisa de franela a cuadros verdes con
gris deslavados, la que decía que era su favorita, y la sostenía cerca de su
nariz y boca. No la desperté; me recosté en el sillón. Al día siguiente, cuando
vio que estaba allí, se abalanzó a mí sin siquiera despertarme y me abrazó toda
emocionada. Sentí cómo me olía el cuello y el pecho, como si fuese un sabueso. “Volviste,
volviste”, me decía como si hubiera regresado después de meses en combate.
Yo era
entonces el desgraciado más feliz del mundo. Tenía una chica hermosa y sensible
con facha de pocos amigos; la mujer de mis sueños. Y lo mejor del mundo era que
esa chica me quería, vaya que me quería. Pocas veces había visto a alguien
sonreír por mi sola presencia, por verme de lejos, o por ser simplemente yo. No
entendía muy bien cómo es que ella le hacía, pero me hacía sentir un bastardo
muy querido, y se reía de mis malos chistes y de mis chistes ácidos y
horrendamente crueles, le daba ternura que fuera un pendejo en vez de
reclamarme y me acariciaba como si fuera un cachorrito en su regazo cuando me
dormía en sus piernas.
En aquella
época fui tan feliz como el perro callejero que es rescatado, bañado, cuidado y
adoptado por un ser humano que lo va a querer, alimentar y a darle una
camita; ella era ese humano rescatista y yo era un animal agradecido.
Dos meses y
tres semanas después ella se había ido con mis costumbres pegadas a su cuerpo,
a sus otras manías, a la forma de hablar que ahora llevaba mi acento regio.
Vaya, estoy seguro de que esa camisa, la que ella abrazaba
aquél día, también se la llevó porque no la encuentro. Me la quería poner para
estar de sentimental un rato imaginando que ella me abrazaba como un día abrazó
ese cacho de tela.
Y apenas hace
una semana llegaron las chingadas tazas que pedí hace meses, las del Principito
y el zorro. Recordé entonces esa parte del libro donde el zorro le dice al
Principito que lo domestique, y cuando el Principito le pregunta que qué es eso
de domesticar, el zorro le contesta que es crear vínculos. Creo que domesticar
y acostumbrar es algo muy parecido. Ella me había domesticado, y yo un poco a
ella, y ahora ambos lloraríamos de vez en cuando al ver las cosas que nos
recuerden al otro, como el zorro tal vez lo hacía cuando se entristecía al ver
los campos del trigo que, después de ser domesticado, le recordarían por siempre
al cabello del Principito.
Ella será
por siempre la costumbre más dura de romper, el des-acostumbre más difícil de
pasar, aún más que dejar de fumar o dejar de beber, y estaré triste y lloraré,
pero como dice el zorro al despedirse del Principito: «He ganado a causa del
color del trigo». Yo he ganado a causa de conocerla, de tenerla un rato por
aquí rondando, he ganado costumbres nuevas, algunos rasguños en la espalda y un
par de tazas que ahora serán las portadoras de mi café matutino y nocturno.
Déjense
domesticar de vez en cuando, aunque no sea su costumbre dejarse domar.

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