sábado, 2 de enero de 2016

Costumbres.

Ella era una costumbre, como lo es casi todo en mi vida. Tengo varias manías y costumbres, entre ellas la manía de hacer de algo una costumbre; tener costumbres es una costumbre. Costumbre. Wikipedia dice que significa «[…] hábito o tendencia adquirido por la práctica frecuente de un acto.» Ella era una costumbre. 

Así como tengo la costumbre de escuchar los mismos 5 álbumes y las mismas 32 canciones de siempre, a pesar de que tengo lleno el celular de diversas melodías. También tengo la costumbre de mirar al cielo como buscando algo extraordinario; siempre lo encuentro, las nubes y sus formas curiosas siempre me van a entretener.
Y podría nombrar mil costumbres parecidas, la mayoría dignas de alguien aburrido y poco extrovertido, como aquella otra de beber al menos una taza de café en la mañana y otra en la noche, o la de ver Los Simpsons antes de dormir.

Ella, debo mencionar, durante su estadía en mi vida me contagió de otras costumbres, como la de recostarnos en el sofá en donde apenas si cabíamos, beber más jugo de frutas y menos vodka, fumar menos tabaco y más verde, caminar los sábados por la tarde y desayunar en la cama los domingos a la mañana.

Me enseñó el verdadero significado del Principito cuando me lo leyó en una noche donde mi insomnio era brutal; ella empezó a llorar en el capítulo 6 y yo tuve que leérselo hasta el final. “No te preocupes”, le dije, “el Principito no está muerto realmente”. Me sentí un tonto, pero de verdad lo quería creer también cuando ella sonrió y me dijo: “Verdad que no”. Ella era una niña entonces, era mi niña, y también a eso me acostumbró.
A la semana siguiente compré en línea un par de tazas con la figurita del Principito en una y la del zorrito en la otra. Su cumpleaños sería en días próximos a cuando hice el encargo y quería que esas fueran una parte de su regalo. Total que el mentado encargo no llegaba, había problemas con el proveedor y la paquetería y no sé qué más. «Eso me pasa por romper mis costumbres. Comprar en línea no es seguro y no acostumbro a ello, y es por algo», pensaba cuando el tipo de las tazas me pedía disculpas en un correo electrónico jurándome que mi pedido había sido procesado y que por lo tanto no podían devolver el dinero pero que estarían llegándome pronto. Sí, pronto, como 3 meses después.

Costumbres, de esas yo le contagié también algunas. La acostumbré a mirar al cielo, la acostumbré a ver los detalles, la acostumbré a confiar más en la gente, la acostumbré a saber que para mí ella era la persona más hermosa del mundo, la acostumbré a mirarse más el alma y menos en el espejo, la acostumbré a sustituir los ‘te quiero’ por los ‘te amo’, la acostumbré a ver Breaking Bad y caricaturas como si tuviéramos 10 años de nuevo. La acostumbré a abrazarme porque siempre estoy que me muero de frío, la acostumbré a darme la mano aunque le diera pena porque creía que sus manos se empapaban de sudor, la acostumbré a beber café a cualquier hora del día, la acostumbré al olor de mi loción y al de mi cama, al olor de mi shampoo y al de los chicles que masticaba para que no se diera cuenta de que había fumado; siempre se daba cuenta, primero por el olor en mis dedos y después porque mi costumbre de mascar chicle de mango después de un cigarro me delataba en automático.

Recuerdo una vez que regresé a casa después de un fin de semana fuera de la ciudad, la encontré acurrucada en la cama abrazando una almohada en donde se supone debía estar yo, y con sus manos apretujaba mi camisa de franela a cuadros verdes con gris deslavados, la que decía que era su favorita, y la sostenía cerca de su nariz y boca. No la desperté; me recosté en el sillón. Al día siguiente, cuando vio que estaba allí, se abalanzó a mí sin siquiera despertarme y me abrazó toda emocionada. Sentí cómo me olía el cuello y el pecho, como si fuese un sabueso. “Volviste, volviste”, me decía como si hubiera regresado después de meses en combate.

Yo era entonces el desgraciado más feliz del mundo. Tenía una chica hermosa y sensible con facha de pocos amigos; la mujer de mis sueños. Y lo mejor del mundo era que esa chica me quería, vaya que me quería. Pocas veces había visto a alguien sonreír por mi sola presencia, por verme de lejos, o por ser simplemente yo. No entendía muy bien cómo es que ella le hacía, pero me hacía sentir un bastardo muy querido, y se reía de mis malos chistes y de mis chistes ácidos y horrendamente crueles, le daba ternura que fuera un pendejo en vez de reclamarme y me acariciaba como si fuera un cachorrito en su regazo cuando me dormía en sus piernas.
En aquella época fui tan feliz como el perro callejero que es rescatado, bañado, cuidado y adoptado por un ser humano que lo va a querer, alimentar y a darle una camita; ella era ese humano rescatista y yo era un animal agradecido.

Dos meses y tres semanas después ella se había ido con mis costumbres pegadas a su cuerpo, a sus otras manías, a la forma de hablar que ahora llevaba mi acento regio. Vaya, estoy seguro de que esa camisa, la que ella abrazaba aquél día, también se la llevó porque no la encuentro. Me la quería poner para estar de sentimental un rato imaginando que ella me abrazaba como un día abrazó ese cacho de tela.

Y apenas hace una semana llegaron las chingadas tazas que pedí hace meses, las del Principito y el zorro. Recordé entonces esa parte del libro donde el zorro le dice al Principito que lo domestique, y cuando el Principito le pregunta que qué es eso de domesticar, el zorro le contesta que es crear vínculos. Creo que domesticar y acostumbrar es algo muy parecido. Ella me había domesticado, y yo un poco a ella, y ahora ambos lloraríamos de vez en cuando al ver las cosas que nos recuerden al otro, como el zorro tal vez lo hacía cuando se entristecía al ver los campos del trigo que, después de ser domesticado, le recordarían por siempre al cabello del Principito.

Ella será por siempre la costumbre más dura de romper, el des-acostumbre más difícil de pasar, aún más que dejar de fumar o dejar de beber, y estaré triste y lloraré, pero como dice el zorro al despedirse del Principito: «He ganado a causa del color del trigo». Yo he ganado a causa de conocerla, de tenerla un rato por aquí rondando, he ganado costumbres nuevas, algunos rasguños en la espalda y un par de tazas que ahora serán las portadoras de mi café matutino y nocturno.


Déjense domesticar de vez en cuando, aunque no sea su costumbre dejarse domar.





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